Margarita Xirgu, teatro y disidencia en los años 40 | Santiago Torrado

En un retablo oscuro, hay una mujer. La penumbra cubre el teatro donde una actriz, vestida de luto, permanece de pie frente al público. La voz, un quejido de duelo y de muerte que retumba en la sala y dice:

«Con un cuchillo, con un cuchillito que apenas cabe en la mano, pero que penetra fino por las carnes asombradas y que se para en el sitio donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito».

Margarita Xirgu llora en silencio sobre el escenario en la última escena de Bodas de Sangre pensando en su amigo Federico.

Hay decenas de salas, compañías y teatros del mundo que llevan su nombre: Margarita Xirgu, Margarita «La Roja». Actriz, directora y productora de teatro y cine durante la primera mitad del siglo XX. Feminista, lesbiana, aunque dos veces casada. Dejó un rastro de pasión desenfrenada por la interpretación desde su Molins de Rei natal hasta Montevideo, donde murió en 1962 sin poder regresar del exilio al que el franquismo la condenó por republicana. Por roja. Por mujer.

«Qué sabios eran los griegos, no te mataban. Te condenaban al destierro», escribió en alguna de sus cartas recogidas y publicadas en el volumen Epistolario de Manuel Aznar Soler y publicado en los años 90 por Biblioteca del Exilio.

Cumplió 25 años y pisó por primera vez un teatro fuera de España. Fumaba y vestía pantalón, se peinaba con raya al medio, los ojos muy delineados con polvos de kohl. Una tarde de invierno de 1913, interpretó Magda de Sudermann en el desaparecido teatro Odeón de Buenos Aires, que despuntaba su fachada de pináculos góticos en la esquina de Esmeralda y Corrientes. Esa noche fría conquistó para siempre al público de ambas riberas del Plata.

Margarita Xirgu y Federico García Lorca se conocieron una tarde de mucho calor en el verano de 1926 en un café del centro de un Madrid rebosante de poetas y dramaturgos. Ella, catalana, ya era una estrella del teatro moderno que sacudía lo que pretendía ser una España progresista y plural. Él, granadino y diez años menor, no era todavía el poeta universal que luego fue y preparaba un viaje a Estados Unidos que daría como fruto el libro Un poeta en Nueva York.

Federico dirá de ella que «tiene la inquietud del teatro, la fiebre de los temperamentos múltiples. Arrojaba puñados de fuego y jarras de agua fría sobre públicos adormecidos».

Entre ellos, la alianza fue estratégica, la simpatía mutua y el talento desbordante. Lorca era un homosexual de pluma granadina, una marica pública, amante de toreros y poetas, católico y burgués. Margarita enviudó en 1936 y comenzó una relación con Irene Polo, una destacadísima periodista que, tras entrevistarla para la revista L’Imatge, se convirtió en su secretaria. Al estallar la guerra civil, Federico fue fusilado por falangistas y Margarita e Irene huyeron a Latinoamérica.

El exilio y los constantes viajes de la compañía de teatro que fundaron juntas las llevó a instalarse temporalmente en México, Chile, Uruguay y Argentina. Fue un vagar sin fin, de un país a otro, que cosechaba elogios y espantos a partes iguales.

Como un homenaje póstumo al amigo asesinado, estrenaron en cientos de teatros la última obra escrita por Lorca, La Casa de Bernarda Alba. Margarita lloraba siempre en el último acto. La compañía quebró a mediados de 1941. Xirgu no podía regresar a España donde la guerra civil había terminado dos años atrás y su nombre, junto al de Irene, figuraba en las listas negras del nuevo régimen.

Para soslayar la presión social, económica y cultural, Margarita recurrió a una estrategia triste y común entre las lesbianas de la época: se casó. Este segundo matrimonio fue con Miguel Ortín, su representante artístico. Irene cayó en una profunda depresión y, sin poder regresar a su Barcelona natal, se suicidó a los 32 años en el otoño de 1942 en Buenos Aires. Triste y solitaria.

Artículo tomado del portal digital de La tinta (Argentina) publicado originalmente el 1 de julio del 2021. Está bajo la licencia Creative Commons

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