Emilio Vera Granados, un centenario glorioso | Ariel Avilés Marín

Maestro incansable, luchador eterno,
que has dado a tu vida misión de lucero;
faro que le enseñas a tu peregrino
la ruta segura y el recto camino.

[Luis Brito Pinzón]

Este día 23, el gran maestro Emilio Vera Granados cumplió cien años de edad, y esta fecha no debe pasar desapercibida, pues hay muy pocos seres humanos con la calidad y bohemia que se prodiga a lo largo de una vida entera, siempre dedicada a hacer y ver por todos los demás.

Hablar de Emilio Vera, es hablar de uno de esos seres que nos devuelven la confianza en la humanidad. El maestro Verita, como cariñosamente le llamaron siempre sus discípulos de Bellas Artes, fue mucho más que un maestro en las artes, lo fue en la vida, y con una cualidad que todos los docentes deberían tener presente en todo momento, Emilio Vera, educó siempre con el ejemplo, que es la más profunda de las formas de educar. Su mano amiga, estaba permanentemente tendida para brindar lo que fuera necesario a quien se acercara a él, en busca de consejo, orientación, y aún consuelo para una pena. Su corazón es de esos, con la inexplicable cualidad de entregarse totalmente a cada paso y, maravillosamente no se agota nunca. Un hombre que sabe dar y recibir amor, como pocos en este mundo, y la energía de este amor, es la que le ha llevado ahora a celebrar este centenario de su natalicio.

Conocí a Emilio Vera, en el antiguo local de Bellas Artes, en la calle 59 entre 62 y 64, en 1967. En ese entonces, ingresé a la Escuela de Música, a las clases de violonchelo de Mimí Concha, que se impartían al final del corredor trasero del edificio, en un rincón. En esa inolvidable casona, todos los estudiantes de las diferentes artes, teníamos una profunda convivencia, convivencia obligada por las circunstancia del espacio; pues no había prácticamente separación entre las clases de música, canto, dibujo, danza, modelado, pintura o piano. Me sentaba en mi rincón del corredor, y frente a mi clase, veía las de canto que impartía Iselita Pasos, con Conrado Peniche como pianista acompañante. Y si tendía la vista al final del corredor, ahí estaba el salón de dibujo, lleno de chicos con sus álbumes de papel marquilla, copiando los modelos que se les ponía en una gran mesa. Había una clase que llamaba poderosamente la atención de toda la chiquillería y juventud, era en la parte posterior del edificio, era la clase de grabado, impartida por el maestro Verita. Todo mundo quería ver cómo funcionaba algo que era legendario en Bellas Artes, la gran y antiquísima piedra de grabado.

Con verdadera emoción, los estudiantes de las otras escuelas cruzábamos el patio para llegar al taller de grabado, para ver funcionar la legendaria piedra; y el maestro Verita nos recibía con la mayor afabilidad y paciencia, dispuesto como siempre a satisfacer nuestra natural curiosidad. En ese entonces, eran estudiantes de grabado dos hermanos que eran sanjuanistas cómo yo, y que éramos amigos de toda la vida, Cuco y Jaime Castellanos. Con ellos vi, por primera vez, cómo salía de la piedra una impresión de tinta sobre papel de hilo de algodón. Aquello era como magia. Y vi también grabar sobre linóleo con buriles, y sobre láminas de cobre al agua fuerte. Mi paso por Bellas Artes, dejó en mi alma una profunda influencia que dura hasta hoy, y el contacto primigenio con Emilio Vera, fue una lección de vida que se prolongaría hasta la actualidad. Hay otra significativa cualidad del maestro Vera que, quizá es poco difundida, su profundo amor a los gatos. En su antigua casa, en la colonia Alemán, que estaba en una esquina, al entrar al porche, te recibía una verdadera manifestación de felinos, que eran los amorosos compañeros de vida de Emilio Vera. No era raro encontrar a dos o tres de ellos sobre el techo de su antiguo Volkswagen Sedán, estirados y durmiendo plácidamente cuan largos eran. Y al salir el maestro Vera, corrían a untarse en sus piernas y materialmente, no lo dejaban caminar.

Emilio Vera, nació en Mérida, Yucatán, el 23 de agosto de 1921, de familia orgullosamente oxkutzcabeña, y desde muy niño vivió en el barrio de Santa Ana. Desde muy pequeño mostró su gran facilidad para el dibujo, por lo que, en 1934 ingresa a la Escuela de Bellas Artes y luego, en 1936, a la Escuela de Arte Popular, donde fue discípulo del eminente escultor Manuel Cachón Ortegón. El presidente de la república, Gral. Lázaro Cárdenas, le concede una beca y se marcha a la capital en 1937, donde cursa estudios en la antigua Escuela de Artes del Libro de la Ciudad de México. En 1944, a su vuelta al terruño, funda el primer taller de grabado en la Escuela de Bellas Artes del Estado de Yucatán, donde desarrolla una brillante labor de más de cincuenta años. Quizá, su discípulo más reconocido es Manuel Lizama Salazar, pero también pasaron por su égida figuras como la pintora Sandra Nikolai Gutiérrez Martínez y la escultora Gladys Díaz Negrón. Un rasgo poco difundido de Emilio Vera, es su labor de rescate de la plástica yucateca. Posee una amplia colección de obras de los autores más significativos de las artes visuales de Yucatán, entre ellos, destaca el rescate de las planchas de madera originales, con los grabados de Gabriel Vicente Gahona, el famoso «Picheta», que son un tesoro invaluable.

Su labor como grabador, fue desarrollada ampliamente en los talleres del Diario del Sureste, puede decirse que casi toda la publicidad de ese rotativo se debió al diseño y los buriles de Emilio Vera Granados. La Medalla Yucatán, creada en 1967, fue diseñada por él, y este diseño fue respetado a lo largo de muchísimos años, hasta que, el actual gobierno, ignorando seguramente el origen del diseño de esta presea, lo cambió sin mayor explicación.

En diciembre de 1991, se celebró el centenario del natalicio del Profr. José G. Novelo Ramírez, antiguo director de la Escuela Modelo. Como uno de los actos conmemorativos de esta efeméride, se inauguró el local de la nueva biblioteca en el edificio de Paseo Montejo. El primer evento fue una exposición de la plástica yucateca. Fui a ver al maestro Vera para que me orientara al respecto, y cuál no sería mi sorpresa, cuando al ponerlo al corriente del proyecto, lo abrazó con gran entusiasmo y puso a disposición de la institución su colección de pintura de autores yucatecos de todos los tiempos. Materialmente, el amplio salón se llenó con su colección. Estuvieron presentes obras de Ignacio Rubio Milán, Fernando Castro Pacheco, Armando García Franchi, Faustino Tuzim Itzá, Aristeo Vázquez, Viana Briceño, el propio Vera Granados, y hasta originales de Picheta. La exposición se completó con esculturas de Enrique Gottdiener. En 2010, me toca coordinar la campaña para proponer al maestro Vera para recibir la Medalla Eligio Ancona, y tuve la satisfacción de acudir a su domicilio en la colonia Nora Quintana, dónde nos recibió con su esposa, Doña Guillermina Cruz, para anunciarle la buena nueva de que nuestra campaña había rendido buenos frutos, y la presea le había sido concedida.

En febrero de 2018, en la Universidad Martí, se llevó a cabo una extraordinaria exposición de pintura en la que participaron las tres máximas figuras vivas de la plástica yucateca, Ermilo Torre Gamboa, Manuel Lizama Salazar y Emilio Vera Granados, asistir a la inauguración de ese evento fue un gran privilegio, y hacer la crónica más. En esa memorable ocasión, después del protocolo del evento, entramos en amena charla con ellos tres; Ermilo hizo notar que, él tenía noventa y cuatro años, y Emilio noventa y siete, y con el gran humor del que hacía gala, Ermilo me dijo: «Emilio y yo, estamos jugando a las carreras, 94 a 97, ¡pero estoy seguro de que lo voy a alcanzar!», y el maestro Vera río con ganas. Tristemente, Ermilo se ha quedado en la justa, y Manuel también. Pero ahora, estamos celebrando con Emilio un glorioso centenario.

¡Felicidades maestro Emilio Vera, muchos, muchos años más!

Mérida, Yuc., a 23 de agosto de 2021.

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