Archivo de la categoría: Arte

CONCURSO LATINOAMERICANO DE CUENTO EDMUNDO VALADÉS (México, abierta hasta el 2/8/2021)

El Gobierno del Estado de Puebla a través de la Secretaría de Cultura convoca al L Concurso Latinoamericano de Cuento «Edmundo Valadés»

BASES

A. DE LAS Y LOS PARTICIPANTES

1. Podrán participar escritoras y escritores con mayoría de edad de cualquier nacionalidad con residencia comprobable en América Latina, cuya obra participante esté escrita en español y sea inédita.

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Regresan a Goya ‘El Coloso’ tras 13 años de polémica

El Prado rectifica por sorpresa la autoría del famoso cuadro, después de que su entonces conservadora Manuela Mena lo calificara en 2008 de «chapuza» y se lo atribuyera a «un seguidor» del pintor aragonés

Cuando la Historia del Arte no puede demostrar algo, lo destruye. Esto es lo que pasó en 2008 en uno de los episodios más bochornosos vividos en el seno del Museo del Prado, cuando Manuela Mena, entonces jefa de conservación de pintura del siglo XVIII y Goya, decidió demoler El Coloso, espléndida obra vanguardista en su concepción, atribuida a Goya hasta ese momento. De un día para otro, y sin explicaciones, la cartela pasó a informar que la obra que siempre había sido firmada al artista era de «un seguidor» (se llegó a hablar de Asensio Julià). En rueda de prensa la conservadora del Prado se atrevió a decir: «Esta pintura es una chapuza». El sainete acababa de empezar, porque fue la propia Mena quien en 1988 había escrito en el catálogo de una exposición que el cuadro en cuestión era «una de las imágenes más dramáticas, más poéticas y misteriosas de todas las obras de madurez de Goya».

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Monjas y soldados (1980) | Capítulo I | Iris Murdoch

—Wittgenstein…

—¿Sí? —dijo el Conde.

El moribundo se movió en la cama, girando la cabeza rítmicamente de un lado a otro de una manera que se había vuelto habitual en los últimos días. ¿Dolor quizá?

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El negrito de los ojos azules (1956) | Ana María Matute

Una noche nació un niño.

Supieron que era tonto porque no lloraba y estaba negro como el cielo. Lo dejaron en un cesto, y el gato le lamía la cara. Pero, luego, tuvo envidia y le sacó los ojos. Los ojos eran azul oscuro, con muchas cintas encarnadas. Ni siquiera entonces lloró el niño, y todos lo olvidaron.

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La maldición (1977) | Elías Canetti

Sin embargo la relación con Laurica no se rompió del todo. Recelaba de mí y me esquivaba cuando volvía de la escuela, y ponía mucho cuidado en no abrir su mochila ante mí. Yo había perdido todo interés por su escritura. Después de la tentativa homicida quedé completamente convencido de que era muy mala alumna y de que por eso se avergonzaba de enseñar su escritura incorrecta. Diciéndome esto dejaba quizás a salvo mi orgullo.

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El habitante y su esperanza (1926) | Pablo Neruda

I

Ahora bien, mi casa es la última de Cantalao, y está frente al mar estrepitoso, encajonada contra los cerros.
El verano es dulce, aletargado, pero el invierno surge de repente del mar como una red de siniestros pescados, que se pegan al cielo, amontonándose, saltando, goteando, lamentándose. El viento produce sus estériles ruidos, desiguales, según corran silbando en los alambrados o den vueltas su oscura boleadora encima de los caseríos o vengan del mar océano arrollando su infinito cordel.
He estado muchas veces solo en mi vivienda mientras el temporal azota la costa. Estoy tranquilo porque no tengo temor de la muerte, ni pasiones, pero me gusta ver la mañana que casi siempre surge limpia y reluciendo. No es raro que me siente entonces en un tronco mirando hasta lejos el agua inmensa, oliendo la atmósfera libre, mirando cada carreta que cruza hacia el pueblo con comerciantes, indios y trabajadores y viajeros. Una especie de fuerza de esperanza se pone en mi manera de vivir aquel día, una manera superior a la indolencia, exactamente superior a mi indolencia.
No es raro que esas veces vaya a casa de Irene. Atravieso ese recinto baldío que me separa del pueblo, cosa de una legua, sigo por las calles deshabitadas y me detengo frente al portón de su casa, donde la espero aparecer.
Si está lavando me gusta ver sus manos que se azulan con el agua fría, si está entre la huerta, me gusta ver su cabeza entre las pesadas flores del girasol, si no está, me gusta ver vacío el patio y la huerta y la espero sin desear que llegue.

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