Archivo de la categoría: Crónica

Mis recuerdos del golpe; a 48 años del derrocamiento de Allende | Víctor Hugo de la Fuente González

¡Levántense muchachos! Los marinos se han tomado Valparaíso. Con esas palabras, como a las cinco de la mañana, nos despertó el padre del «Chico Toro», en cuya casa del cerro Barón nos alojamos la noche del lunes 10 de septiembre de 1973.

Habíamos viajado a Valparaíso, tres compañeros de Santiago (El «Chico Toro», el «Flaco Ruiz» y yo), para asistir a una reunión del Comité Regional del Partido Comunista Revolucionario (PCR), llevando también los últimos materiales y el periódico El Pueblo. La reunión se alargó y no alcanzamos a regresar a Santiago, como teníamos previsto, por lo que nos quedamos a dormir en Valparaíso.

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Sube y baja de la beberecua (II) | Guillermo Samperio

La Navidad desde la cámara

Alrededor de 1974, cuando tenía y unos 25 o 26 años, trabajaba en el Instituto Mexicano del Petróleo (IMP) y era la época en que estaba pegando fuerte el hipismo al menos en el DF. Yo no sólo bebía (mezcal o coñac, o sea de lo bueno), sino también fumaba marihuana de la doradita de Guerrero o verde limón de Morelos y, desde luego, mezclaba bebida con fumada, lo cual daba una sensación como de viaje, siempre y cuando no te pasaras de la dosis.

Pues llegó la Navidad al IMP y siempre se hacía un brindis que podía durar de mediodía a las 4 o 5 de la tarde. Los que combinábamos líquido con hierba éramos un buen grupo (casi todos dibujantes técnicos industriales) y aprovechábamos baños, algunas oficinas o el campo de futbol para fumar la hierba santa para la garganta, como se le decía. Aquella ocasión, como las anteriores, me metí varios churros (como se le decía al cigarro armado con papeles de abuelito); además bebí algo del ron que dieron las autoridades y el sindicato.

Como a la una de la tarde nos salimos y nos fuimos a la casa de una amiga sobre la que yo andaba, pero la casa estaba hasta la casa del carajo (yo tenía un Fiat 1100 blanco, de los cuadraditos, donde, apretujados, cabíamos unos 8) Yo había quedado con mi entonces cónyuge de estar para la cena a las 20:30 horas lo más tarde. Así que despedí a los gañanes como a las 19:30; fui a dejar a su casa a otro, a un lugar todavía más desconocido. El caso es que, de pronto, me perdí, daba vueltas por aquí y por allá; preguntaba cómo salir para ir a la colonia Roma y cada vez me perdía más. Hasta que, al fin reconocí una avenida y, más que pronto, ya estaba y por la zona de la colonia Juárez; me eché otro churrito antes de llegar, pero me di cuenta de que ya iban a dar las 22:00 horas.

El festejo era en la casa de mi cuñado y mis suegros, o exsuegros, habían venido desde Delicias, Chihuahua, a celebrar la Noche Buena que, a mi parecer, bajándome del Fiat frente a la casa, iba a ser la Noche Mala. Toqué el timbre, me abrió la bruja, es decir la madre de mis hijos, y no me dirigió la palabra; entré a la casa directo a la sala, y el comedor estaba más flamante que el árbol de Navidad. Todos, excepto mi exsuegro (muy, pero muy buena gente), tenían una jeta que les llegaba hasta la parte de atrás del cuello.

Decidieron que luego-lueguito nos tomáramos las fotos en grupos y de conjunto y me eligieron de fotógrafo con la intención de quedar fuera de las instantáneas; la segunda foto era de todos en grupo, cargando mi suegro a mi hijo con su cara bonachona, pero en las demás seguían las jetas de los delicienses, en especial en la cara de la madre de mis hijos. Los miré a cada uno a través del visor y me di cuenta de que las jetas del público les iban a dar fotos motivo para arrepentirse. Al mismo tiempo, yo me iba encabronando cada vez más, pensando incluso en irme a otra parte a celebrar de verdad.

Así que para que no se arrepintieran a futuro y no irme y a otro lado a ponerme más pedo y más crucheco (término que indicaba beber y fumar hierba a una vez), bajé la cámara; la aventé sobre un sofá (no sabía de quién era la Polaroid) y fui viendo a la cara uno por uno y les dije:

—Qué chingaos pasa aquí. O quitan esa maldita cara de haber comido mierda o este festejo se va a la chingada.

Me volví a poner mi chamarra de mezclilla mediocrota y me dirigía a la salida hacia un pasillo al aire libre, cuando mi excuñado me alcanzó y me dijo:

—No te preocupes; espérame tantito. Ahora hablo con ellos y vengo por ti.

Al rato salió y me dijo «Vente», entramos en la casa y me encontré con un montón de caras sonrientes y ahora sí empezó la fiesta. Nunca supe lo que les dijo. Después de la cena, ya que estaban medio borrachos, me salí al jardín a fumarme un churro; me alcanzó la madre de mis hijos y me pidió un toque (nombre con el que se designaba a una fumada de hierba).

Texto tomado del libro Aguas santas de la creación. Congreso Internacional Bebida y Literatura. Volumen III; Edición de Sara Poot Herrera; Bravo Arriaga, María Dolores, et al…; Ayuntamiento de Mérida; Primera edición, 2010; Pp. 339-341

Esta transcripción se realiza como parte del proyecto «Rescate Bibliográfico de Yucatán y de Autores Peninsulares», impulsado por Ediciones Letras en Rebeldía en coordinación con el Centro Yucateco de Escritores A.C. Este proyecto es sin ánimos de lucro, no recibe financiamiento público ni privado. Para donaciones económicas y/o aportes bibliográficos, mandar correo electrónico a arteyculturaenrebeldia.prensa@gmail.com

Transcripción, digitalización y edición para plataformas digitales: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)

Acervo: Biblioteca Melba Alfaro Gómez (Colectivo Letras en Rebeldía)

Responsable del proyecto: Armando Pacheco

Sube y baja de la beberecua (I) | Guillermo Samperio

A los catorce años

Yo empecé a beber alcohol a la edad de catorce años, quizá influido por mi padre, quien, desde que me acuerdo, siempre tomó y lo hizo fuerte. Pero también puedo suponer que mi composición neuronal ya estaba predispuesta para la bebida.

Esa primera ocasión es inolvidable: había una fiesta en una vecindad de aquellas de los años 40s en la colonia donde nací, la Sal Álvaro, en medio de Tacuba y Clavería (Delegación Azcapotzalco). Me puse de acuerdo con otros adolescentes y en el momento en que los adultos estaban ya en el bailongo y en el chupe en serio, uno de ellos se acercó donde se encontraban las chelas, yo aventé un mecate atando una bolsa de red y ahí un amigo puso varias cervezas. Yo las subí a la velocidad del rayo y, de pronto, tuvimos una buena dotación.

A parte de beber, los cuatro que estábamos en la oscuridad de la azotea teníamos como 14 años, ya fumábamos y nos alcanzaba para comprar cigarros Tigres, Alas o Faros; yo prefería Tigres, pues no eran tan fuertes como los otros dos. Supongo que ya éramos buenos bebedores desde aquella edad, ya que más pronto que lento, volvimos a hacer el truco del mecate y la red y subimos otra dotación de chelas.

Como la pachanga estaba en su apogeo, la música llegaba a la oscuridad de la azotea como si las bocinas estuvieran a nuestro lado. Se oía el Mambo sobre todo, pera también combinaban el son montuno y, a veces, a las orquestas norteamericanas como las de Glenn Miller. Escuchábamos de este último, una y otra vez en la azotea, sus canciones Chatanoga Choo Choo, Monligth serenade y Pensilvania, que los adultos insistían en repetir. Por cierto, de este músico y director de grandes orquestas se corría el rumor de haber muerto en un avión en Europa por ahí de 1944, pero había la versión de haber muerto apuñalado por una prostituta en un antro alemán, información que, hasta hoy en día, el gobierno de EUA lo tiene clasificado como secreto. Nosotros preferíamos la segunda versión, pues de San Álvaro a Tacuba nos distanciaban unas cuantas cuadras y ahí se encontraban un montón de putas baratas, además de pulquerías, cervecerías y bares de mala muerte, mientras que hacia Clavería, nos hallábamos con una colonia clase media, nucleada por una iglesia católica. Luego mi familia, con el supuesto ascenso de mi padre, nos fuimos a vivir a Clavería; de cualquier manera, ahí me introduje en una pandilla, como lo había estado en Sal Álvaro.

Cuando la fiesta fue decayendo, como nosotros, pero de borrachos, nos fuimos cada quien a su casa, pues nuestros padres aún seguían en la fiesta que, tal vez, se la amanecerían. Ya en la cama, el mundo me daba vueltas y, más que atemorizarme, me entraba risa y alguna forma de diversión.

Recuerdo que, ya viviendo en Clavería (mi padre compró un terreno y construyó la casa), me puse una tremenda borrachera con ron Castillo y tuve una cruda de primeras ligas; creo que fue la primera que en verdad me pegó como batazo y, aunque no lo deseaba, un amigo de los grandes, quiero decir de unos 18 o 20 años, hizo que me la curara con cervezas. Al principio sentí horrible, en especial por el sabor de la cerveza, pero luego de haberme tomado la tercera ya estaba yo curado, casi como para agarrar la otra borrachera, pero me fui a dormir a casa casi dos días.

Visto el asunto a la distancia, me doy cuenta de que nos la pasábamos bebiendo por el placer de beber; nos gustaba andar en un carro dando vueltas por todos lados, en especial en la colonia. A veces, cuando no era muy tarde, íbamos a chiflar a alguna muchacha y ella se atrevía a salir un rato, se echaba una chela y regresaba a su casa. Cuando ya crecimos más y los amigos mayores traían su carro, de pronto se llenaba el auto de muchachas, pero las teníamos que devolver temprano. Era la época en que las fiestas empezaban a las cinco de la tarde y terminaban a las once y las señoras de la casa ofrecían agua de jamaica y de limón, aunque nosotros metíamos la pachita para prepararnos agua de limón con ron.

Texto tomado del libro Aguas santas de la creación. Congreso Internacional Bebida y Literatura. Volumen I; Edición de Sara Poot Herrera; Bravo Arriaga, María Dolores, et al…; Ayuntamiento de Mérida; Primera edición, 2010; 337-339 Pp.

Esta transcripción se realiza como parte del proyecto «Rescate Bibliográfico de Yucatán y de Autores Peninsulares», impulsado por Ediciones Letras en Rebeldía en coordinación con el Centro Yucateco de Escritores A.C. Este proyecto es sin ánimos de lucro, no recibe financiamiento público ni privado. Para donaciones económicas y/o aportes bibliográficos, mandar correo electrónico a arteyculturaenrebeldia.prensa@gmail.com

Transcripción, digitalización y edición para plataformas digitales: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)

Acervo: Biblioteca Melba Alfaro Gómez (Colectivo Letras en Rebeldía)

Responsable del proyecto: Armando Pacheco

Más que un libro, la historia de un gran ser humano | Armando Pacheco

Los maestros que tuve me enseñaron a ser soberbio pero humilde; a tener en alto mi autoestima pero reconocer a mis superiores; estos hombres —poetas, narradores y periodistas— me dijeron, alguna vez, que de nada sirve saber tanto si no se demuestra con hechos; si no se le coge la mano a quien desea ser cómplice de la HISTORIA.

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