Archivo de la categoría: Cuento

El negrito de los ojos azules (1956) | Ana María Matute

Una noche nació un niño.

Supieron que era tonto porque no lloraba y estaba negro como el cielo. Lo dejaron en un cesto, y el gato le lamía la cara. Pero, luego, tuvo envidia y le sacó los ojos. Los ojos eran azul oscuro, con muchas cintas encarnadas. Ni siquiera entonces lloró el niño, y todos lo olvidaron.

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Un peso para morir | Luis Spota

I

El comandante no lo soportó más. Se le vio la cólera en la carota prieta:
—¡Largo de aquí!
Felipe Rubio retrocedió un paso y se colgó del trapecio del silencio. Porque él era muy hombre y el comandante no tenía derecho para hablarle así, para hacerlo arder en furia. La boca sabíale agria, metálica y en su estómago rodaban elaboradas bolitas verdes, de bilis. Le dolieron las palabras y, más que todo, el tono brutal con que fueron dichas. ¡El comandante tenía mujer; mujer todos los días y todas las noches!
Él. Él era sólo un preso. «198. Ratero». Y, además, borracho. Por la botella de brandy que se encontró ante El Camarón, viniendo de Arroyo Hondo, había perdido el derecho de solicitar una «taquígrafa», ahora que tenía los cuarenta pesos. ¡Cuarenta pesos ahorrados dolorosamente en más de un año!
El «Tres Marías», con el capitán Churruca en el puente, largó tres pitazos. Los marineros, a pulso, comenzaron a jalar la cadena del ancla. Un sudor aceitoso abrillantaba las rudas espaldas. El buque, un yatecito blanco, bamboleábase suavemente, frotando su banda de babor contra el muelle de madera.
Estaba oscureciendo y un vaho verde y rojo, semejante al de la selva a esa hora, comenzó a empañar como el vapor o el aliento a un vidrio, los ojos de Felipe Rubio. El comandante sudaba como un cerdo y con un gran paliacate echábase aire sobre la cara y el pecho lampiños. Salió del cuarto y empujó sus pasos resonantes rumbo a las tablas de guayacán del muelle. El ancla chorreaba sal en un costado del buque. Churruca, con la gorra hundida hasta las narices, gritaba furiosamente a un marinero que no podía soltar el cable de una bita.
Ya de noche, el «Tres Marías» encendió sus luces y se metió al Pacífico —a toda marcha su corazón diesel.

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Guitarras en la noche o el desamor | Carlos Martín Briceño

De sonrisa franca, voz amable y pelo ondulado, imitando a Angélica María, los domingos era la primera en despertar para prepararnos unos humeantes huevos con jamón acompañados de un tazón de espumoso chocolate con leche y siempre se desvivía por atendernos a mi hermana y a mí.

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Tal vez pronto | Brenda Alcocer (Yucatán, México)

Ser libre, para correr y correr por el parque, pasando por los mismos lugares cien y mil veces, pasar a galope tendido entre los puestos, rodear la fuente en una vuelta infinita, subir, bajar, caer, levantarme para impulsarme de nuevo; continuar, brincando con un pie, con el otro, con los dos lados, a un lado, al otro; sentir la velocidad en el aire que desplazo, en el pelo, en la falda tratando de seguirme y los pies, que no quieren parar, vuelan, patinan, giran, se escurren y me llevan en vértigo incontenible, arrebatado, con esa sensación de caballo o de pájaro; cuando me elevo en el columpio, agarro fuertemente la cadena, camino hacia atrás, me dejo caer en el asiento, al mismo tiempo que levanto los pies, voy volando, cuando llego arriba doblo las piernas hasta pegarlas bajo la silla, regreso con una prontitud acelerada, uso piernas y pies como alas, extendidas, dobladas, extendidas, el cuerpo en rítmico movimiento, adelante, atrás, alcanzo una rosada nube, al poco tiempo me empalaga, la quería de piña y no de fresa, dejé un ángel sin almohada, mamá eleva un cometa de palabras para que yo descienda por su cuerda, dejo las piernas en una sola posición para ir perdiendo altura, de un salto escapo de unos brazos que me esperan, pongo en movimiento la pelota con una fuerte patada.

Abro los ojos, las tres paredes que me rodean las conozco de memoria, las he mirado por meses, en los momentos más intensos de mi estado de ánimo y en los más simples, la celosía de madera a cuadros verdes que hace las veces de pared la he recorrido hasta el cansancio, conozco todos sus rincones, sé en qué parte se confundió el carpintero y dejó los huecos más grandes o cuándo llegó la araña paracaidista a adueñarse de los cuadros del rincón derecho.

Nunca estoy completamente a oscuras, la celosía permite el paso de la luz, a través veo cuadricularse las nubes, tienen muy divertidas formas, a veces son canguros, otras conejos, elefantes o diablos, una sola puede ir tomando diversas caras, cambiando en pocos segundos; en algunas ocasiones, cuando en medio de muchas de ellas se abre un pequeño agujero y miro el cielo, se me imagina que por ahí me acecha Dios y me sonríe; algunas nubes se van desbaratando mientras se alejan y otra pasa a tomar su lugar en dirección a mis ojos.

A la araña la contemplo trabajando todo el día, ocupada en tejer y tejer afanosamente su tela, la construye de un transparente y mágico hilo, cuando le da el sol toma los colores del arco iris que entra por las rendijas después de un día de lluvia. Si mamá la descubre, la desbarata con un escobazo y ella corre a esconderse entre las tablas, pasado el peligro, vuelve a empezar el tejido. El otro día que no corrió a tiempo estuvo a punto de morir bajo el zapato de mi madre, grité asustada y eso le dio la oportunidad de salvarse.

Cuando me fastidio de este cuarto cierro los ojos y huyo al parque a disfrutar del sol, los juegos y los árboles. Pasan días enteros sin que recuerde que soy una piedra atada a este colchón, estoy clavada, atornillada, pegada, solidificada a él. El problema no es ése, sino que soy el motivo del drama que están viviendo mis padres; lloran por lo que me pasa, pero a mí no me sucede nada, es a ellos que no se conforman; mamá se debe cansar mucho, bañarme, vestirme, atenderme, siempre dejando todo para venir a mi llamado y gastando en mí hasta el último quinto de su sueldo. Pero él, me usa de pretexto para desaparecer en la cantina y luego viene con sus ayes alcohólicos a remacharme más en esta cama; sólo en estos momentos, cuando está hincado con la cabeza puesta sobre mis inmóviles piernas, llorando más que por mí por su vergüenza de haber tirado el dinero que gana, en parrandas, es cuando realmente me entra una ansiedad por no poder flexionar la rodilla y asestarle un golpe en la cuenca del ojo, así lloraría por él mismo.

Hay alguien que todas las mañanas me ayuda a aflojar el tornillo que me afianza al lecho, es la abuela, a ella no le importa mi invalidez, con sus cuentos me lleva a otros lugares, mientras vamos camino al hospital para hacer la terapia.

Cuento publicado originalmente en el libro A galope tendido de Brenda Alcocer; Ediciones Letras en Rebeldía; 2019; Pp. 11-14.

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

Tinieblas | Rosario Sansores (Yucatán, México)

El doctor Hessel se pasó las manos por la frente; luego se restregó fuertemente los párpados. En sus pupilas, hasta entonces muertas, la visión resurgía. Como a través de una gasa los objetos iban perfilándose vagamente en retina. Una sombra se alzaba frente a él. Débilmente iba tratando de reconocerla. ¿Quién era esta mujer de rostro bondadoso y afable, de nevada cabellera rizada que le miraba con una dulce ansiedad? Extendió las manos trémulas y otras manos cordiales y tibias estrecharon las suyas mientras una voz familiar le interrogaba afanosa.

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El árbol | María Luisa Bombal (Chile)

El pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor mortecino de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa.

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