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Un peso para morir | Luis Spota

I

El comandante no lo soportó más. Se le vio la cólera en la carota prieta:
—¡Largo de aquí!
Felipe Rubio retrocedió un paso y se colgó del trapecio del silencio. Porque él era muy hombre y el comandante no tenía derecho para hablarle así, para hacerlo arder en furia. La boca sabíale agria, metálica y en su estómago rodaban elaboradas bolitas verdes, de bilis. Le dolieron las palabras y, más que todo, el tono brutal con que fueron dichas. ¡El comandante tenía mujer; mujer todos los días y todas las noches!
Él. Él era sólo un preso. «198. Ratero». Y, además, borracho. Por la botella de brandy que se encontró ante El Camarón, viniendo de Arroyo Hondo, había perdido el derecho de solicitar una «taquígrafa», ahora que tenía los cuarenta pesos. ¡Cuarenta pesos ahorrados dolorosamente en más de un año!
El «Tres Marías», con el capitán Churruca en el puente, largó tres pitazos. Los marineros, a pulso, comenzaron a jalar la cadena del ancla. Un sudor aceitoso abrillantaba las rudas espaldas. El buque, un yatecito blanco, bamboleábase suavemente, frotando su banda de babor contra el muelle de madera.
Estaba oscureciendo y un vaho verde y rojo, semejante al de la selva a esa hora, comenzó a empañar como el vapor o el aliento a un vidrio, los ojos de Felipe Rubio. El comandante sudaba como un cerdo y con un gran paliacate echábase aire sobre la cara y el pecho lampiños. Salió del cuarto y empujó sus pasos resonantes rumbo a las tablas de guayacán del muelle. El ancla chorreaba sal en un costado del buque. Churruca, con la gorra hundida hasta las narices, gritaba furiosamente a un marinero que no podía soltar el cable de una bita.
Ya de noche, el «Tres Marías» encendió sus luces y se metió al Pacífico —a toda marcha su corazón diesel.

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La narrativa «criminal» de Carlos Martín Briceño | Armando Pacheco

Imagínese despertar un lunes de primavera, tomar una ducha de agua caliente, ponerse la ropa deportiva y salir a un parque lleno de vegetación y árboles para correr y respirar un aire limpio, fuera de toda contaminación; tras bajarse del auto mirar a una muchedumbre de curiosos, el ulular de patrullas y a los policías tomar el sitio. «—Han matado a una prostituta; —No, era una mesera del restaurante de la esquina». Por curiosidad se las ingenia y logra llegar hasta donde se puede vislumbrar la sábana blanca, ya enrojecida, cubriendo el cadáver de la víctima. Al día siguiente, en los periódicos de crónicas policíacas, el titular temerario: Un feminicidio más en pleno parque público. Pero imagínese aún más: es usted un escritor. ¿Qué haría con la anécdota presenciada o leída en el diario?

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